Este mes en Guatemala celebramos los 205 años de independencia; Libertad 15 de septiembre se lee en el Escudo Nacional. En aquel entonces fuimos libres de la corona española, fuimos libres para escoger a nuestros gobernantes, nuestras leyes y nuestro modelo económico. Pero como todo en esta vida, la libertad es frágil, tiene sus amenazas; la ignorancia es una de ellas. Desconocer la historia puede hacer que se repitan los errores, como dijo Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

Los cristianos también fuimos esclavos del pecado, y también obtuvimos libertad por medio de Jesús cuando murió en la cruz. Pero esa libertad tiene sus amenazas. Una de ellas es la tentación. Santiago 1:14 dice que cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte. Así que, para mantener la libertad que Cristo nos dio, debemos huir de la tentación. Pero no solo es huir a la nada, sino correr hacia la santidad. La Biblia en clara con este mandato: sean santos, porque Dios es santo. La vida en santidad es un reflejo de la libertad que tenemos en Cristo.

Otra amenaza a nuestra liberad es la distracción. 1 Pedro 5:8 nos exhorta: “…manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.” Un exceso de confianza puede ser peligroso para nuestra libertad, pues nos distraemos del acecho de nuestro enemigo. En la historia bíblica vemos a David con exceso de confianza, dice la Biblia que cuando era época de guerra, David en vez salir a pelear, se quedó en el palacio y eso llevó a que pecara con Betsabé. La Biblia es clara cuando nos dice en 1 Corintios 10:12 “Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer.” No caigamos en el error de creer que a nosotros nada nos pasará, no tengamos exceso de confianza sino estemos alerta para mantener la libertad que Cristo nos ha dado.

La libertad que hemos recibido en Cristo también debe verse reflejada en nuestra relación con Dios, en conocer nuestra identidad, nuestro nuevo nombre. Cassius Marcellus Clay Jr. nació el 17 de enero de 1942, años más tarde, y con muchas victorias en el boxeo, cambió su nombre a Muhammad Ali porque él consideró que el primero era un nombre de esclavo y él era un hombre libre. Dice Juan 1:12 “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios.” Tenemos el derecho de ser llamados hijos de Dios por medio de Jesús. El hijo sabe quién es su padre, así como la historia del hijo pródigo, que corrió a los brazos de su padre para recuperar su identidad, corramos nosotros a Dios para recibir de él perdón, restauración y una vida nueva. La libertad nos da ese privilegio. No dejemos que el enemigo nos diga lo contrario. Romanos 8:1 dice no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús.

En los círculos militares, los soldados piden permiso para entrar con un oficial por motivos de disciplina, jerarquía y protocolo. Este acto formal demuestra respeto a la autoridad del superior, mantiene el orden dentro de la unidad y asegura que el oficial esté disponible para ser interrumpido. Hebreos 4:16 dice “Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente.” La libertad que Cristo nos dio nos permite entrar directamente ante Dios sin esperar autorización. Dios, como padre amoroso, nos recibe inmediatamente a través de la oración, no hay que pedir cita, o lista de espera. El salmista lo dijo en el salmo 116:1-2 “Yo amo al Señor porque él escucha mi voz de súplica. Por cuanto él inclina a mí su oído, lo invocaré toda mi vida.” Así que, tenemos libertad para hablar con Dios en cualquier momento de nuestra vida. Este mes y todos los días, celebremos nuestra independencia del pecado y abracemos la libertad que tenemos en Jesucristo. Esa libertad es una que nos invita a someternos a la autoridad de la Biblia, que nos manda a ser santos, a no practicar el libertinaje sino a ejercer el dominio propio. Esa libertad que costó la sangre de Jesús no es solo nuestra, debemos compartirla con aquellos que aún están bajo del yugo del pecado.